María, Madre y fiel discípula

La Virgen María es y será siempre
modelo de un sin fin de virtudes y cualidades que por más que se escriba sobre
ella siempre habrá algo nuevo que decir. Ella es esa mujer que todas
necesitamos imitar, para construir y transformar a la sociedad. Cuando decide
dar su sí a Dios a través del Ángel, sólo era una jovencita, prácticamente una
niña y sin embargo asume la tremenda responsabilidad de ser la Madre del Señor,
y tal vez no sabía todo lo que iba a sufrir o a padecer por desempeñar éste
rol, tal vez tuvo miedo e incertidumbres que le invitaran a decir “no”, en
cambio ella se olvida de si misma, no piensa en las consecuencias, y se
abandona a su fe, que es la voluntad de su Padre, sabe y está convencida que
por más que sea difícil, turbulento e insufrible una situación, toda será
solventada con su auxilio, que Él la ayudará y la protegerá siempre. Y una vez que asume su papel comienza a
trabajar en función de todas las responsabilidades que esto implica, comienza a
desvivirse para dar vida, para darse a JESÚS y con él a todos aquellos que la
requerían. Y el primer servicio lo ofrece a su prima Isabel, y así, en los
evangelios, leemos todas las situaciones en las que sirve a la humanidad. María
-imagino-, no se quejaba del rol y de todas las situaciones que le tocaba
vivir, porque todo lo guardaba en su corazón. Ahora bien, cuando Jesús inicia
su ministerio, -creo-, supone para ella un tiempo de desprendimiento de todas
sus responsabilidades como madre, es decir, sabe que Jesús no le pertenece y
que Él, al igual que ella, necesita cumplir la voluntad de Dios, la prioridad
ahora no es su maternidad sino el cumplimiento de la voluntad del Padre. María
sabe que ya no debe fungir como madre sino como discípula, y que no debe
interferir en la misión de su hijo. Tal
vez, sabía que debía dar paso a una nueva familia, a esa inmensa familia que
representamos todos los cristianos. La
Llena de Gracia, inicia su discipulado cuando pasa de la escuela de la antigua
alianza a la escuela de Jesús. Posee la sabiduría y el discernimiento para
decir Si en cada circunstancia. Una vez, abordado ésta faceta en la vida de
María, cabe preguntarse: Cómo estamos ejecutando nuestro papel de madres o
padres?, ¿Qué estamos haciendo nosotros para cumplir la voluntad de nuestro
Padre?, Conocemos, en estos momentos,
cuál es la misión de nuestras vidas para con Cristo?, Cuál es nuestro
comportamiento en nuestros ambientes de desarrollo?, Estamos dando testimonio
de lo que significa seguir a Cristo?, ¿Cómo es nuestro compromiso con la
Iglesia, con nuestra familia Universal? ¿Estamos
imbuidos del carisma de nuestro movimiento?. Éstas y muchas otras interrogantes
deben surgir en nuestra conciencia, para ayudarnos a interpelar de manera
eficaz y eficiente, para dar paso a un verdadero discipulado, a una vida plena
y llena de gracia, en donde prevalezcan los valores cristianos y humanos, en
donde exista el compromiso de una verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, y en donde nuestra fe sea transmitida con amor, con gozo y con
mucha espiritualidad mariana, no sólo a nuestras familias sino a todo aquél que
nos rodea y que de una u otra manera contactamos en nuestra cotidianidad. La
Paz y el amor de Cristo sea derramado sobre cada uno de nosotros.